VIVENCIAS Laura, alcohólica en recuperación.

 

No me es posible ubicar en mi memoria cuándo empezó todo. Era tan normal en mi casa que hubieran diferentes bebidas alcohólicas, que nunca me di cuenta de que no eran refrescos los que tomábamos.

Y el efecto era estupendo; te hacía sentir alegre, liviana y tener ganas de correr por la playa desierta o de entristecerte y llorar porque el teléfono no sonaba. Siempre unas copas, unas pocas copas en ese entonces, ampliaban (enormecían) el sentimiento que quería estar presente. El amor esa más profundo, la alegría más estrepitosa, el más abundante, el dolor totalmente agobiante cuando tenía una copa en la mano.

Con el tiempo se fue haciendo costumbre el llegar a casa, quitarse el abrigo y abrir el congelador. Dos cubitos y llenar el vaso. ¿acaso no lo veías en las películas? En esas enormes casas en que no hay domésticas y en que al llegar al hogar luego de 10 o más horas de arduo trabajo hay siempre una hielera con cubitos enteros que no se derriten ni en el desierto, y se sirven un buen trago para aflojar las tensiones y mirar mejor los problemas, desde una lúcida perspectiva. Sherlock Holmes, ¿qué le ponía a su pipa? Cerraba los ojos y dejaba que el humo llenara la habitación y de ese estado de “levitación intelectual” surgía la identidad del asesino. ¿Qué actor de William Holdem para acá no imprimió en celuloide su mano alrededor de la bebida de turno, el whisky? Era normal, era bien visto, era social. Y en esa época se respetaba la intimidad, la prensa no esparcía por el mundo ni el alcoholismo ni la adicción, ni siquiera el cáncer. Por lo que recuerdo el caso de Rock Hudson fue de los primeros que hicieron público una situación “desagradable”. Ahora ya se usa hacerlo público y luego averiguar si es cierto.

Y ahí estaba yo, siguiendo la corriente y mojándome cada vez más. Lo que no sabía era que yo no era impermeable.

Con el tiempo el alcohol me la ganó. Era el único motivo de mi vida. En los últimos años todo giraba entorno al alcohol, los horarios, el dinero, trabajar menos horas para poder estar más tiempo en mi casa, en mi entorno.

Y PERDÍ LA LIBERTAD. Ese don divino que entronizamos, loamos, cantamos en todos los himnos nacionales, que hacemos flamear. No la tenía más. Me había sido arrebatada sin que se diera cuenta. Estaba encadenada a una botella, la tenía dibujada en la frente, colgada en las paredes, la arropaba en mi cama y en mi mente la acunaba con cariño, y por sobre todo la obedecía en todo momento. Era mi mejor amigo. Era mi dueño y era el sol! Y viví años encandilada. Viví escondiéndome y mintiendo. La escondía para disfrutarla a solas y mentía para adorarla y vaciarla en silencio.

Hoy me siento libre, sólo por hoy pero para siempre.

Soy libre para dormir a la hora que quiero. No se me cierran los ojos. Puedo levantarme o no, si lo decido. Nadie me obliga a quedarme en la cama porque mi cuerpo no responde y mi cabeza embotada, doliente y vacía, lucha con la idea de “tomar algo” para acercarse a la realidad.

Puedo decir que hoy soy yo. Que siento los “achiques” de los años, pero no los del alcohol. Que puedo dar y recibir, querer y ser querida. Que hasta puedo mirarme al espejo sin sentir vergüenza, sin decir ¡Pua!. Que me despierto y sé que pasó anoche, ayer y hace tiempo. Que no me encuentro moretones y heridas que no sé cómo me las hice y tengo que hilar finamente su historia: el perro se atravesó, el escalón era más alto, la escalera estaba muy encerada, la alfombra…BASTA!

Si dije BASTA. Aunque mucho tiempo lo dejé para mañana, aunque mil fines de semana me armé una despedida fastuosa y me ilusioné con la idea de que iba a ser “la última curda”, de que tenía que decirle adiós con un festejo digno y abundante….Pero siempre resultó ser la penúltima copa, la penúltima despedida y tejía los motivos por los cuales tenía que haber otra más: la última!

Mi vida es un “collage”. Cada pequeño trozo de papel tiene un color brillante y con cada color identifico la alegría, el miedo, el aburrimiento (que no he sentido en los últimos meses), la tristeza, la felicidad y sobre todo el amor. Todos se van uniendo, entreverando, entrelazándose para formar esa obra de arte, esa “obra de Dios” que es hoy mi vida. Y me parece increíble el cambio. Me asombro de mi misma, de mis recuerdos, de mis emociones, de mis actos y de mis decisiones. Y me entristece mirar al pasado, que hasta hace poco no quería ver, no podía encarar. Ahora lo miro y me duele verme gris, ajada, sin sentimientos, sin poesía, sin luz.

Por eso quiero sólo mirar hacia delante: proyectarme (pero no demasiado) para poder vivir de hoy en hoy el resto de mi vida.